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UN DÍA DE JULIO




Ahora estoy aquí,

sentado en una de las tantas

mesas en las que conversábamos,

y servíamos el vino que nos recomendaban,

y esperábamos la cena.

Ya no está el mozo que nos atendía.

Las cosas también han cambiado por aquí.

Veo a las parejas

sonrientes, alegres, enamoradas

mientras una hecatombe

devora mis recuerdos

bajo el manto oscuro

que hoy nos aguarda

en distintos lugares.

Empecé por aquí

esta noche

para recorrer los pasos

que algún momento disfrutamos juntos.

Me doy cuenta que es más difícil terminar una botella

cuando no tienes con quien conversar,

pero tu silla está vacía.

Sentirme mal en estos momentos

es culpa mía, nada más que mía,

por imaginar que de la nada llegarás

con el cabello húmedo

y la voz agitada diciendo «Discúlpame por la demora».

No, no lo harás.

Ahora camino la bajada de baños para

ir a la Noche y sentarme a los pies

de la pintura

del autor de los Heraldos Negros

Luis, el señor de la barra

me preguntó por ti

y al no tener una respuesta

solo me alcanzó la jarra de cerveza.

Y la tristeza

se siente en cada sorbo,

en cada canción,

y tu silla sigue vacía

y la culpa sigue siendo mía.

Salgo ya sin fuerzas

y paso por la Posada

pero ya no entro,

solo escucho desde afuera que alguien toca

La Maza de Silvio y la tarareo como puedo.

Hoy no hay un motivo

para llegar a casa,

pero mis pasos me llevan.

La cama también estará vacía.

 
 
 

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