UN DÍA DE JULIO
- Santiago Mist

- 23 sept 2020
- 1 Min. de lectura

Ahora estoy aquí,
sentado en una de las tantas
mesas en las que conversábamos,
y servíamos el vino que nos recomendaban,
y esperábamos la cena.
Ya no está el mozo que nos atendía.
Las cosas también han cambiado por aquí.
Veo a las parejas
sonrientes, alegres, enamoradas
mientras una hecatombe
devora mis recuerdos
bajo el manto oscuro
que hoy nos aguarda
en distintos lugares.
Empecé por aquí
esta noche
para recorrer los pasos
que algún momento disfrutamos juntos.
Me doy cuenta que es más difícil terminar una botella
cuando no tienes con quien conversar,
pero tu silla está vacía.
Sentirme mal en estos momentos
es culpa mía, nada más que mía,
por imaginar que de la nada llegarás
con el cabello húmedo
y la voz agitada diciendo «Discúlpame por la demora».
No, no lo harás.
Ahora camino la bajada de baños para
ir a la Noche y sentarme a los pies
de la pintura
del autor de los Heraldos Negros
Luis, el señor de la barra
me preguntó por ti
y al no tener una respuesta
solo me alcanzó la jarra de cerveza.
Y la tristeza
se siente en cada sorbo,
en cada canción,
y tu silla sigue vacía
y la culpa sigue siendo mía.
Salgo ya sin fuerzas
y paso por la Posada
pero ya no entro,
solo escucho desde afuera que alguien toca
La Maza de Silvio y la tarareo como puedo.
Hoy no hay un motivo
para llegar a casa,
pero mis pasos me llevan.
La cama también estará vacía.




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